La idea de desarrollar el turismo en el espacio surgió cuando el millonario Dennis Tito pagó 20 millones de dólares para salir del planeta. El viaje lo realizó en un cohete llamado Soyuz, en el que viajaban astronautas estadounidenses y rusos, y pasó una semana en la estación espacial. Una veintena de empresas ya había comenzado a realizar estudios de mercado donde comprobaron que, a un precio razonable –aunque siempre millonario, por ahora–, la demanda existía. Fue entonces cuando varias compañías se asociaron con experimentados astronautas, ingenieros y aficionados, y comenzaron a trabajar en este campo que, hasta ese momento, era inherente a los gobiernos de los países más importantes.
El primer paso fue el más difícil y el que demandaba más tiempo: la construcción de una nave, mucho más pequeña y sofisticada que el cohete convencional, que pudiera brindar la seguridad necesaria a los que viajaran adentro. Cabe destacar que la cantidad de accidentes, despegues frustrados, aterrizajes forzosos y explosiones que se registraron en la historia de la astronáutica cohíbe hasta al más aventurero de los excéntricos. De esta manera, este año –y después de cinco años de diseño y construcción–, la empresa Scaled Composites terminó la nave SpaceShipOne, que fue hecha especialmente para reducir los riesgos de lanzamiento y de regreso a la Tierra. Ésta pesa dos toneladas, está decorada con estrellas azules, funciona con un combustible de caucho y óxido nitroso, y tiene la capacidad de replegar sus alerones para reducir la resistencia del aire y evitar cualquier tipo de accidente.

